Ley trans en construcción.

Escrito el 17/11/2020
Juan Castro Tosco


Mal anda la cosa si a estas alturas debemos recordarle al Partido Feminista de España los principios del propio feminismo. 

Sin menospreciar su lucha histórica y todos sus logros, es triste que, en plena ola del feminismo transversal, muchas activistas sigan aferrándose a una visión única de la mujer, demostrando que no entienden de igualdad ni eliminación de violencias.

Durante estos meses en los que el Ministerio de Igualdad del Gobierno de España anda trabajando en la Ley para la Igualdad Plena y Efectiva de las Personas Trans, las polémicas y las críticas eran, cuando menos, esperadas. Pero quién nos iba a decir que uno de los frentes que íbamos a tener en contra sería la rama más rancia de un mal llamado feminismo.


Cuando se habla de derechos que mejoran la vida de las personas, hay que tener la madurez suficiente para no caer en las etiquetas de siempre. Porque no estamos debatiendo quién es más de derechas o izquierdas. Fascistas, ultra-religiosos o conservadores. La transfobia no es creer en Dios o votar al PP, es estar en contra de una serie de derechos que no restan a aquellos que ya los disfrutan, pero facilitan y mejoran las oportunidades de los que no los tenían hasta ahora. Y ese egoísmo tan cruel es lo que no esperábamos de muchas dirigentes que se cobijan bajo el paraguas del feminismo.

Da muchísima pena que referentes como Lidia Falcón (Presidenta del PFE), haga afirmaciones como que el género no existe, sino que es un constructo lingüístico y social. Exactamente lo mismo que otros dicen sobre el patriarcado. O declaraciones tan duras como que las personas trans “no conciben la prostitución como una esclavitud indigna, sino como algo divertido que sirve para ganar dinero”. ¿Desde qué pedestal elitista e inhumano puede alguien expresarse así? ¿Qué perfil de mujer privilegiada defiende ella al ver tanta diferencia entre unas y otras? Porque desde abajo, desde donde ella obviamente no se encuentra, los baches en el camino suelen parecerse mucho.

Las denominadas TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) se dedican a recolectar anécdotas minoritarias y extremas que, si bien son casos que podrían darse y deberán estar contemplados en la nueva ley, no son más que excusas populistas y llenas de odio que pretenden dinamitar el objetivo real de la nueva legislación. Exactamente lo mismo que hacen otros con las leyes contra la violencia de género, por ejemplo. ¿Quién demonios sale ganando con todo esto?

Esta semana nos levantábamos con titulares tan infames como el de “Ocho históricas del PSOE exigen a Sánchez que paralice la «ley trans»”. Y posiblemente el ambiente se siga caldeando en las próximas semanas. Pero 2020 ya nos ha quitado demasiado y debemos ser positivos ante el momento clave que estamos viviendo. Un tiempo en el que las demandas trans han gozado de una visibilidad sin precedentes en las celebraciones del Orgullo de toda España. Un tiempo en el que éxitos mediáticos como Pose, escrita, producida y protagonizada por profesionales trans, conectan con el público de masas. Un tiempo el que los Premios Ondas nominan a las actrices de Veneno o Sarah McBride se convierte en la primera senadora trans de los Estados Unidos de América.


Todavía queda mucho por conseguir, sí, pero es bueno valorar y disfrutar lo que hemos logrado. Hasta ahora, las realidades trans han estado condenadas a convivir a la sombra del resto de siglas del colectivo LGBTIQ+, pero la deuda legal y social que sufre esta parte de la población comienza a tener voz propia. Una voz propia que exige la equiparación e igualdad de derechos y oportunidades, sin dejar a nadie atrás. Y esa, señora Falcón, también es la base del feminismo. 


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